La caricia del aire de la mañana le abrió los ojos, y con el sabor de boca a olvido caminó hacia la ventana buscando. Poco a poco levantó la persiana para dejar entrar los primeros rayos del nuevo día. Pero las nubes no tenían su color. El cielo no disfrutaba su textura. Las ramas de los árboles no danzaban con su música. Para ver tendría que volver a cerrar los ojos. De ese modo sentiría el aroma salado, transportado por las gaviotas en un susurro enredado en cada aleteo entre las brisas de levante, que el viejo alcornoque le anhelaba. Vestido pero sin zapatos, camina lentamente con el peso que le acompaña. En cada paso se desprende de un elemento por el camino: un coche, un portátil, una silla, una cafetera… Atraviesa los nuevos paisajes carentes de espíritus. Ventana, ventana, puerta, escaparate, farola, puerta, puerta, ruido, semáforo, chapas, cristales,… -No veo el color del cielo- Un móvil, unas gafas, un paraguas, una carpeta, la cartera. Amarillo, verde y azul, es el comienzo del camino. Por él pierde la camisa. El dulce sabor de la mora le atrae. Pasea entre el camino de tierra, piedras y bellotas saludando al escarabajo. ¡Hasta el sudor es miel bajo los estridentes latidos del sol! Se oye a lo lejos la voz del viejo alcornoque. El tiempo perdió sus agujas entre las ramas de un aliso, que miraban sonrientes un pantalón dormido en las rocas húmedas del río. Y flota. Y vuela, envuelto entre mariposas que descansan desnudas a los pies de los alcornoques. Un lápiz, un pincel, un cuaderno, la egocentría. Una hormiga recoge su alma y la arrastra sobre la verticalidad del corcho, guardándola bajo la vieja corteza donde solo allí respira vida.
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