viernes, 5 de agosto de 2011

Habitación 227

Atravesé los fríos pasillos
en los que el ruido debía estar ausente,
pero un continuo zumbido sube y baja las escaleras.

Cruce la número 227.
Una puerta como otra cualquiera.

La luz me cegó el tiempo de dar tres pasos.
Mientras, un ente buscaba mi mirada.
Esos ojos celestes que ansían y se agarran a su vivaracha vida,
que han perdido toda la frescura.

Pequeños sonidos entrecortados salían de sus labios.
Una voz sin fuerza reclamaba por breves minutos un poco de cariño.

Sábanas blancas,
con ese olor tan característico que me eriza los bellos de la piel.
Cables transparentes que envuelven su cuerpo,
le dan alimento, oxigeno y un poco más de vida.
Piernas que el tiempo castiga
y se convierten en patitas.
¿Dónde quedaron los rizos y espesa melena?
Solo luce cabellos blancos que perdieron su gracia.
Una televisión sometida al avance de las nuevas tecnologías,
que aburre más con más canales y menos visiones por más problemas de conexión... la era digital.

Al menos,
tenía una de las mejores vistas.
Cuelga de la habitación un gran marco.
En él ese vídeo que se mueve al ritmo de la vida.
Esa fotografía fija, con instantes imprevisibles,
sin posibilidad de grabar y reproducir una y otra vez,
sin la oportunidad de cambiar.
¿Cuántos barcos saldrán hoy?
¿Qué formas tendrán las nubes a lo largo de la mañana
mientras espera fatigoso la siguiente comida?

No hablemos del tiempo.
Tampoco de su medida.
Ni qué es.
Yo no puedo medir 87 años.
Ni sé calcular los lentos minutos de días de hospitales.

No sé hablarle.
No he sabido expresarle, aunque sí pintarle.
Él nunca encontró los versos
que me acerquen a su alma.
Y aunque no nos entendamos,
existe una fuerte unión.
La siento en sus ojos,
en sus besos,
en sus abrazos,
en la energía que me transmite,
en la sangre que nos une,
en las lágrimas derramadas.

jueves, 4 de agosto de 2011

El final de la vida es el desierto.


En las finas orillas del desierto
descansan unos ojos pálidos.
Alguien se aproxima.
Es una pequeña nube de colores.
Desaparecen las huellas húmedas
livianas en el tiempo.
Salpica con cálidas gotas
a las pestañas rizadas.
Ambos se sonríen.

-¿Qué haces aquí?
-Le hablo a la vida.
-¿Y te contesta?
-A veces.
-Ah.
-Me dice que la observo demasiado.
Que guardo las distancias sin necesidad alguna.
Que me hecha de menos.
Que el latir de mi corazón es más débil cada día.
Que mi pelo ya no resbala por sus aguas.
Que ahogo los pensamientos entre las sábanas frescas de los helechos.
Que el azar se está cansando de esperar a que actúe.
Que respiro envidia del ajeno.
Que mis huesos se oxidan y se tornan verdes.
Que no le hable y me hable a mi mismo.
Que no quiere volver a escucharme.
-Quizá vengo yo sola, o por un empuje de mi azar.
Pero, súbete a mis espaldas y vente a volar conmigo.
Si la vida ya no te quiere, buscaremos otro destino.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Escribir: locura


Si la locura viese por mis ojos seríamos buenas amigas.
Me he subido sobre un lápiz para alcanzarla y hablar con ella.
Ésta hace oídos sordos a la demencia acumulada de mis fatigas.
Le dejo escrita una nota: "Ámame por ser un igual a tu imprudencia bella".

Viaje


Perseguimos las líneas blancas intermitentes mientras pisamos los nuevos caminos que no nos dio la tierra, que dibujan y comunican nuestras vidas. Estos se colorean de naranja con las luces que penetran entre las cortinas de los pinos. El pensamiento se aproxima a los nuevos días en busca de un sabor que impregne de dulce caramelo duradero.

martes, 2 de agosto de 2011

Soy la pequeña voz de un cuco que se quedó mudo al ver sonreir a una señora entre arrugas. El espíritu de felicidad de los deseosos rayos solares de las pieles blancas y endulzadas de las manos que las aman. El agrio sabor de la miel que derramó la montaña a las orillas de tu pecho. El camarelo traidor y picante que rozó tus labios dejando el veneno de la duda enmarcada de una risa nocturna.