Pequeños mares
miércoles, 7 de marzo de 2012
Té
Te miras en el reflejo del té y solo ves de ti los orificios de tu nariz.
Tus dedos acarician cada curva y se excitan por el calor de la taza.
Tus labios y tu lengua saborean un dulce sabor empañado de verdades.
Y ahora, vuela la cerámica a trozos por los aires.
Un espectáculo de color.
jueves, 1 de septiembre de 2011
Hacia el Camino del Río de la Miel
La caricia del aire de la mañana le abrió los ojos, y con el sabor de boca a olvido caminó hacia la ventana buscando. Poco a poco levantó la persiana para dejar entrar los primeros rayos del nuevo día. Pero las nubes no tenían su color. El cielo no disfrutaba su textura. Las ramas de los árboles no danzaban con su música. Para ver tendría que volver a cerrar los ojos. De ese modo sentiría el aroma salado, transportado por las gaviotas en un susurro enredado en cada aleteo entre las brisas de levante, que el viejo alcornoque le anhelaba. Vestido pero sin zapatos, camina lentamente con el peso que le acompaña. En cada paso se desprende de un elemento por el camino: un coche, un portátil, una silla, una cafetera… Atraviesa los nuevos paisajes carentes de espíritus. Ventana, ventana, puerta, escaparate, farola, puerta, puerta, ruido, semáforo, chapas, cristales,… -No veo el color del cielo- Un móvil, unas gafas, un paraguas, una carpeta, la cartera. Amarillo, verde y azul, es el comienzo del camino. Por él pierde la camisa. El dulce sabor de la mora le atrae. Pasea entre el camino de tierra, piedras y bellotas saludando al escarabajo. ¡Hasta el sudor es miel bajo los estridentes latidos del sol! Se oye a lo lejos la voz del viejo alcornoque. El tiempo perdió sus agujas entre las ramas de un aliso, que miraban sonrientes un pantalón dormido en las rocas húmedas del río. Y flota. Y vuela, envuelto entre mariposas que descansan desnudas a los pies de los alcornoques. Un lápiz, un pincel, un cuaderno, la egocentría. Una hormiga recoge su alma y la arrastra sobre la verticalidad del corcho, guardándola bajo la vieja corteza donde solo allí respira vida.
viernes, 5 de agosto de 2011
Habitación 227
en los que el ruido debía estar ausente,
pero un continuo zumbido sube y baja las escaleras.
Cruce la número 227.
Una puerta como otra cualquiera.
La luz me cegó el tiempo de dar tres pasos.
Mientras, un ente buscaba mi mirada.
Esos ojos celestes que ansían y se agarran a su vivaracha vida,
que han perdido toda la frescura.
Pequeños sonidos entrecortados salían de sus labios.
Una voz sin fuerza reclamaba por breves minutos un poco de cariño.
Sábanas blancas,
con ese olor tan característico que me eriza los bellos de la piel.
Cables transparentes que envuelven su cuerpo,
le dan alimento, oxigeno y un poco más de vida.
Piernas que el tiempo castiga
y se convierten en patitas.
¿Dónde quedaron los rizos y espesa melena?
Solo luce cabellos blancos que perdieron su gracia.
Una televisión sometida al avance de las nuevas tecnologías,
que aburre más con más canales y menos visiones por más problemas de conexión... la era digital.
Al menos,
tenía una de las mejores vistas.
Cuelga de la habitación un gran marco.
En él ese vídeo que se mueve al ritmo de la vida.
Esa fotografía fija, con instantes imprevisibles,
sin posibilidad de grabar y reproducir una y otra vez,
sin la oportunidad de cambiar.
¿Cuántos barcos saldrán hoy?
¿Qué formas tendrán las nubes a lo largo de la mañana
mientras espera fatigoso la siguiente comida?
No hablemos del tiempo.
Tampoco de su medida.
Ni qué es.
Yo no puedo medir 87 años.
Ni sé calcular los lentos minutos de días de hospitales.
No sé hablarle.
No he sabido expresarle, aunque sí pintarle.
Él nunca encontró los versos
que me acerquen a su alma.
Y aunque no nos entendamos,
existe una fuerte unión.
La siento en sus ojos,
en sus besos,
en sus abrazos,
en la energía que me transmite,
en la sangre que nos une,
en las lágrimas derramadas.
jueves, 4 de agosto de 2011
El final de la vida es el desierto.

En las finas orillas del desierto
descansan unos ojos pálidos.
Alguien se aproxima.
Es una pequeña nube de colores.
Desaparecen las huellas húmedas
livianas en el tiempo.
Salpica con cálidas gotas
a las pestañas rizadas.
Ambos se sonríen.
-¿Qué haces aquí?
-Le hablo a la vida.
-¿Y te contesta?
-A veces.
-Ah.
-Me dice que la observo demasiado.
Que guardo las distancias sin necesidad alguna.
Que me hecha de menos.
Que el latir de mi corazón es más débil cada día.
Que mi pelo ya no resbala por sus aguas.
Que ahogo los pensamientos entre las sábanas frescas de los helechos.
Que el azar se está cansando de esperar a que actúe.
Que respiro envidia del ajeno.
Que mis huesos se oxidan y se tornan verdes.
Que no le hable y me hable a mi mismo.
Que no quiere volver a escucharme.
-Quizá vengo yo sola, o por un empuje de mi azar.
Pero, súbete a mis espaldas y vente a volar conmigo.
Si la vida ya no te quiere, buscaremos otro destino.
miércoles, 3 de agosto de 2011
Escribir: locura
Viaje

Perseguimos las líneas blancas intermitentes mientras pisamos los nuevos caminos que no nos dio la tierra, que dibujan y comunican nuestras vidas. Estos se colorean de naranja con las luces que penetran entre las cortinas de los pinos. El pensamiento se aproxima a los nuevos días en busca de un sabor que impregne de dulce caramelo duradero.
