Atravesé los fríos pasillos
en los que el ruido debía estar ausente,
pero un continuo zumbido sube y baja las escaleras.
Cruce la número 227.
Una puerta como otra cualquiera.
La luz me cegó el tiempo de dar tres pasos.
Mientras, un ente buscaba mi mirada.
Esos ojos celestes que ansían y se agarran a su vivaracha vida,
que han perdido toda la frescura.
Pequeños sonidos entrecortados salían de sus labios.
Una voz sin fuerza reclamaba por breves minutos un poco de cariño.
Sábanas blancas,
con ese olor tan característico que me eriza los bellos de la piel.
Cables transparentes que envuelven su cuerpo,
le dan alimento, oxigeno y un poco más de vida.
Piernas que el tiempo castiga
y se convierten en patitas.
¿Dónde quedaron los rizos y espesa melena?
Solo luce cabellos blancos que perdieron su gracia.
Una televisión sometida al avance de las nuevas tecnologías,
que aburre más con más canales y menos visiones por más problemas de conexión... la era digital.
Al menos,
tenía una de las mejores vistas.
Cuelga de la habitación un gran marco.
En él ese vídeo que se mueve al ritmo de la vida.
Esa fotografía fija, con instantes imprevisibles,
sin posibilidad de grabar y reproducir una y otra vez,
sin la oportunidad de cambiar.
¿Cuántos barcos saldrán hoy?
¿Qué formas tendrán las nubes a lo largo de la mañana
mientras espera fatigoso la siguiente comida?
No hablemos del tiempo.
Tampoco de su medida.
Ni qué es.
Yo no puedo medir 87 años.
Ni sé calcular los lentos minutos de días de hospitales.
No sé hablarle.
No he sabido expresarle, aunque sí pintarle.
Él nunca encontró los versos
que me acerquen a su alma.
Y aunque no nos entendamos,
existe una fuerte unión.
La siento en sus ojos,
en sus besos,
en sus abrazos,
en la energía que me transmite,
en la sangre que nos une,
en las lágrimas derramadas.
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