jueves, 4 de agosto de 2011

El final de la vida es el desierto.


En las finas orillas del desierto
descansan unos ojos pálidos.
Alguien se aproxima.
Es una pequeña nube de colores.
Desaparecen las huellas húmedas
livianas en el tiempo.
Salpica con cálidas gotas
a las pestañas rizadas.
Ambos se sonríen.

-¿Qué haces aquí?
-Le hablo a la vida.
-¿Y te contesta?
-A veces.
-Ah.
-Me dice que la observo demasiado.
Que guardo las distancias sin necesidad alguna.
Que me hecha de menos.
Que el latir de mi corazón es más débil cada día.
Que mi pelo ya no resbala por sus aguas.
Que ahogo los pensamientos entre las sábanas frescas de los helechos.
Que el azar se está cansando de esperar a que actúe.
Que respiro envidia del ajeno.
Que mis huesos se oxidan y se tornan verdes.
Que no le hable y me hable a mi mismo.
Que no quiere volver a escucharme.
-Quizá vengo yo sola, o por un empuje de mi azar.
Pero, súbete a mis espaldas y vente a volar conmigo.
Si la vida ya no te quiere, buscaremos otro destino.

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